Ida y vuelta a Seattle
Anoche, acostado en la cama, escuché pasar un avión a lo lejos y recordé lo exótico que me resultaba ese sonido hace unos años. En el 86 fui a Madrid unos días, en el 88 fui de vacaciones a Lanzarote, creo que uno o dos años después estuve un fin de semana en Tenerife, pero a partir de ese momento no volví a coger un avión hasta que me fui de vacaciones a Asturias en 2000. Quién me iba a decir a mí que ese viaje sería el inicio de una nueva etapa, en la que cogería uno o dos aviones al mes, durante los cinco años que duró mi doctorado en Barcelona.
Ahora que soy un viajero avezado, me sorprendí al no ponerme nada nervioso por tener que ir a Seattle. No soy un crack hablando inglés y nunca había estado antes en EEUU, pero me fui para allá como si nada. Creo que probablemente es debido al cine, vemos tantas películas estadounidenses que estamos familiarizados con el país y sabemos a qué atenernos. Y también sabía a que atenerme de cara al largo viaje que tenía por delante. Me levanté a las 5:30 de la mañana del viernes 15 de septiembre y me fui al aeropuerto sin desayunar.

En la mochila llevaba medio bocadillo y un plátano para comérmelos después de facturar el equipaje. Tras esto, me dirigí a la puerta de embarque después de pasar el correspondiente control de seguridad y cogí el avión de Iberia de las 7:10 que salía de Gran Canaria con destino a Madrid.
Las dos horas y media del viaje se me pasaron rápidas, ya que iba medio dormido. Una vez en Madrid tuve que desentrañar el laberinto que han montado en el aeropuerto para encontrar la puerta de embarque del vuelo a Nueva York (en este momento, el Word me ha cambiado Nueva York por Nueva Cork, ¿alguien me lo explica?).
Por supuesto, tuve que pasar el estúpido control de seguridad que realizan para impedirte llevar líquidos en el equipaje de mano. No puedo quitarme de encima la sensación de que si quisiera introducir algún líquido explosivo en el avión lo podría haber hecho sin demasiados problemas, llevándolo en el bolsillo por ejemplo. Incluso han vaciado las máquinas de venta de bebidas que hay después del control. La paranoia que tiene esta gente es impresionante y con ella no generan más que molestias al viajero, ya que no hay sensación real de seguridad.

Fue en este momento cuando las cosas comenzaron a complicarse. Mi amigo Tana, con quien compartiría habitación en Seattle y que llegaba desde Gran Canaria en otro vuelo, debería haberse reunido conmigo en el avión a Nueva York, pero perdió el vuelo debido a una cadena de problemas y coincidencias. Dejaré que sea él quien cuente su truculenta aventura en su blog, pero baste decir que la atención al cliente deja mucho que desear en el aeropuerto de Madrid.
El vuelo a Nueva York duró ocho horas, la mayoría de las cuales pasé leyendo el libro de 1400 páginas que tuve la prudencia de llevarme, dado que el avión no disponía de ningún tipo de sistema de entretenimiento individual y tan solo proyectaron la patética película Cariño Estoy Hecho un Perro. Además, no quería dormir para facilitar la adaptación al cambio horario. El vuelo en el Airbus 340 de Iberia transcurrió con normalidad si descontamos un par de sacudidas violentas de las que hacen que uno se plantee su frágil posición a miles de metros de altura.
Me han comentado que los aviones que aterrizan y despegan del aeropuerto de Newark tienen excelentes vistas de Nueva York, pero yo aterricé en el J.F.K. y desde allí no se ve absolutamente nada, aparte de que el cielo estaba totalmente encapotado. Pasé por el control de inmigración sin demasiados problemas, aunque como casi no entendía lo que me decía la agente de inmigración tuve que deducir del contexto.
Allí disfruté de otra de esas estupideces paranoicas de los americanos: tuve que recoger la maleta, atravesar el control de aduanas con ella y volverla a poner en otra cinta. No sé si la idea es permitir controles aleatorios sobre la maleta o algo así, pero es una absoluta pérdida de tiempo para todos los viajeros. Además, esa era la última vez que vería mi maleta en un par de días.
Afortunadamente, la señora encargada de esa cinta de re-facturación me explicó detalladamente como encontrar la puerta de embarque del vuelo de American Airlines a Seattle, porque me hubiera resultado muy complicado encontrar mi camino en otro aeropuerto laberíntico con una señalización defectuosa. De todas formas, estas señales tienen la curiosidad de ser justo el reflejo de las que encontramos en los aeropuertos españoles: el texto en grande en inglés y el texto en pequeño en español, así que conseguí llegar a la puerta de embarque tras andar y desandar el camino sólo un par de veces.

Para llegar al vuelo de Seattle tuve que pasar por otro control de seguridad paranóico, en el que tuve que sacar el portátil de la mochila para que lo miraran por rayos X, así como quitarme los zapatos y también el cinturón por su hebilla metálica. Al final casi no tenía manos para sujetar tantas cosas, pero conseguí pasar. Más tarde descubriría que estos son los controles rutinarios dentro del país.
Esperando por el embarque del nuevo vuelo, intenté conectarme a la red wireless del aeropuerto, pero no pude y, de paso, se montó tal lío en el portátil que la siguiente vez que intenté usarlo tuve que arrancarlo seis o siete veces antes de que volviera a funcionar (habían desaparecido todos los iconos) hasta que me las arreglé para cerrar la sesión de Windows y volver a entrar sin apagar el ordenador. Todavía no tengo ni idea de qué fue lo que le pasó, pero ya sabemos que Windows nunca dejará de sorprendernos.
El vuelo a Seattle duró unas cinco horas, pero además estuvimos como una hora parados en pista por no sé qué problema (soy incapaz de entender lo que dice el personal de American Airlines por la megafonía de sus aviones). En el aspecto culinario, pude disfrutar de un desagradable bocadillo de cinco dólares que acabó por causarme náuseas (supongo que por lo fatigado del viaje y los cambios horarios que ya me influían). A pesar de no querer dormir, pasé casi todo el vuelo medio dormido, por lo que no se me hizo demasiado pesado. Y así llegué por fin a Seattle, para descubrir la sorpresa final: mi maleta se había perdido.
Después de poner la correspondiente reclamación, fui a coger el autobús hacia el hotel para encontrarme con que el último del día se marchaba delante de mis narices, por lo que no me quedó más remedio que coger un taxi que costó la friolera de 34 dólares (una limusina hubiera costado 36, pero ese gasto sería más difícil de justificar luego). Al menos pude ver una excelente vista nocturna de la ciudad desde el taxi, pero no estaba con ánimos de hacer ninguna foto y, ya de paso, quedar como un turista palurdo delante del taxista.
Al llegar al Hilton pedí mi habitación, les comenté que mi maleta tendría que llegar en algún momento (ya que la perdieron, al menos me la llevarían al hotel) y que Tana iba a llegar tarde durante la noche debido a alguna absurda combinación de vuelos, tras lo cual me fui a dar una ducha y a acostarme. Apenas había terminado el viernes 15 de septiembre (allí son 8 horas menos que en Gran Canaria) pero había concluido un viaje de veintisiete horas y media.

La maleta no llegó al día siguiente, con lo cual tuve que pasarlo con lo puesto. Por la noche ya había dejado de esperarla y terminé lavando la ropa en el lavamanos y secando rápidamente los calzoncillos con el secador de pelo en un impresionante ejemplo de patetismo. Por suerte, la maleta llegó al segundo día. Seguramente se quedó en Nueva York y la mandaron a Seattle en el mismo vuelo que fui yo, pero un día después. En total fueron unas 72 horas sin cambiarme de calzoncillos. Un lujo. Pero bueno, mi estancia en el Hilton (no es para tanto, por cierto) fue de cinco noches, tras lo cual me marché a un hotel barato cercano al aeropuerto para, al día siguiente, coger el avión de regreso.

El jueves 21 de septiembre me levanté a las 6:30 de la mañana para deshacer lo andado. Media hora después me llevaron al aeropuerto en una furgoneta que el hotel pone a disposición de sus clientes. El trayecto era corto, pero no resultó agradable. Al llegar al aeropuerto, el conductor me sorprendió saliendo del vehículo y dirigiéndose a la parte delantera, en lugar de a las puertas traseras donde estaba mi equipaje. Se lo pedí dos veces, pero él seguía insistiendo en señalarme el camino hacia el mostrador de facturación. A la tercera fue la vencida, puso cara de “vaya, qué despiste” y me lo dio. No vi sinceridad en la expresión del individuo éste, igual se me ha pegado parte de la paranoia americana con todas las historias que he oído, pero me dio la impresión de que el tipo intentaba liarme para que se me olvidara la maleta. Si me daba cuenta era un despiste, si no pues adiós muy buenas.
Pero en fin, con ese mal sabor de boca fue con el que me dirigí a los mostradores de facturación y allí, por primera vez, me puse realmente nervioso ante las colas y el hecho de no tener claro cual era el mostrador correcto, ya que en el que ponía Internacional también ponía Billetes en Papel y el mío era electrónico. Me salí de la cola en un momento dado, recorrí todos los mostradores y volví a la misma cola cuatro puestos por detrás, ya que no había ninguno que pusiera Internacional y Billetes Electrónicos. Por suerte no hubo mayores problemas y pude facturar hacia Gran Canaria.

El vuelo se hizo esperar un rato y, por si fuera poco, estaba anunciado como vuelo a Miami cuando yo iba a Chicago, pero luego me di cuenta que Chicago y Miami iban rotando en el anuncio, así que supongo que el avión seguiría para Miami después de Chicago. El vuelo duró menos de tres horas (aunque había que sumar dos horas a la diferencia horaria) y al aterrizar pude ver Chicago en el horizonte, incluyendo la famosa Torre Sears, pero no hay mucho más que contar. Comí alguna cosilla (todavía estaba en ayunas dada la tacañería de American Airlines) y embarqué en el vuelo de Iberia rumbo a Madrid.

El vuelo de regreso duró unas siete horas y media. Debería haber dormido, dado que coincidía con la noche española debido al cambio horario, pero tenía cerca a un par de norteamericanos que conversaban incansablemente en voz alta y detrás a otra persona, creo que española por el acento, que no dejaba de hablar con su vecina y reírse estridentemente. Algo pude dormitar, pero no demasiado, aunque tampoco puedo decir que el vuelo se me hiciera muy pesado. Eso sí, en este vuelo ya terminé de perder completamente la noción de “ayer” y “hoy”. Aterricé en Madrid a las 8:00 de la mañana del viernes 22 de septiembre, por lo que ya se me había ido un día a causa del cambio horario.
Éste fue el trasbordo de mayor duración de todo el viaje, así que estuve un par de horas dando vueltas por el aeropuerto. Lo más espectacular, por decirlo de alguna manera, son las zonas para fumadores, aunque yo realmente las llamaría jaulas, en las que parece que los fumadores son expuestos a los demás en un intento de humillarles.

También experimenté otro frustrado intento de conectarme a la red wireless de un aeropuerto, aunque esta vez no fue por impedimento técnico sino por el hecho de que había que pagar para usarla (y no estaba muy por la labor). Por tanto, me dediqué a pasear por las inmensas terminales hasta que se hizo la hora, ojeando revistas y libros y sorprendiéndome ante las máquinas de chocolatinas que pretenden cobrar 1’70 euros (¡casi 300 pesetas!) por chocolatina.

El vuelo de regreso a Gran Canaria duró poco menos de tres horas, pero pasé la mayor parte del tiempo cabeceando, así que pronto estuve de vuelta en la isla, apenas una semana después de marcharme. Allí me dirigí a recoger la maleta donde, por una vez, no tuve ningún problema. Incluso pude reírme un rato al ver la original manera en la que las autoridades del aeropuerto sugieren a los viajeros que no transporten droga por encargo de otros.

Mi padre pasó a recogerme (también me había llevado él al aeropuerto al principio del viaje) y de nuevo llegué a casa. Deshice la maleta, almorcé, di una vuelta… lo que fuera para no quedarme dormido. Conseguí aguantar hasta la 1:00 de la noche y luego dormí casi 13 horas de un tirón. La noche siguiente si que me costó dormirme, pero ya voy cogiendo el horario de nuevo.
Dejaré para más adelante las historias de lo que pasó en Seattle, aunque de todo el viaje me quedo con la gran sonrisa que no pude evitar al entrar en casa. El mundo será muy bonito por ahí fuera, pero en ningún sitio como aquí.






























