Hace muchos días que no duermo bien. El jet lag destrozó mi ritmo cuando me marché a Seattle. No dormí adecuadamente en todo el viaje. Cuando volví dormí trece horas de un tirón por el cansancio, pero una cantidad de tiempo tan exagerada indica que no dormí realmente bien, ya que en caso contrario no hubiera necesitado trece horas (de hecho di bastantes vueltas en la cama). La noche siguiente no pude dormir hasta las cuatro de la mañana por el desastre para el ritmo diario que supone dormir trece horas.

Y luego cogí un resfriado del copón. Los continuos cambios de temperatura del viaje, la exagerada predilección de los norteamericanos por el agua con hielo (mucho hielo), el aire acondicionado de los aviones… todo se juntó y me machacó de mala manera. La noche del domingo al lunes la pasé fatal. La noche siguiente no tan fatal, pero poco dormí. Anoche conseguí dormir varias horas más o menos bien, pero no las suficientes.

Ahora me estoy recuperando del resfriado, pero tengo la garganta bastante hecha polvo y un molesto dolor de cabeza causado por los continuos esfuerzos que han soportado mis tímpanos de tanto sonarme la nariz. Y justo hoy ha comenzado el curso. Un momento ideal. Entre mañana y el viernes tengo que dar seis horas de clase, seis horas hablando que no sé que tal va a soportar mi garganta.

Y sin embargo, a pesar de tanto problema, esta mañana me sentía contento. Tan contento como no me había sentido en mucho tiempo. Tardé un rato en darme cuenta de que era precisamente porque hoy ha comenzado el curso. Desde pequeño siempre quise ser profesor y ahora soy profesor. ¿No es motivo para estar contento?

Lástima que tienda a olvidarlo debido a la enorme carga burocrática y a la presión de los trabajos de investigación, todo ello debido al hecho de que mi contrato no es fijo y, por tanto, debo mejorar mi currículum todo lo posible. Pero algún día tendré un contrato fijo, espero que pronto, y entonces… bueno, ya veremos que pasa.