Termino esta semana tremendamente cansado. He pasado una cantidad de tiempo exagerada trabajando en preparar mis clases (y dándolas claro) y la presentación de la prueba a las que me presento dentro de apenas diez días, aparte de ir al centro de rehabilitación debido a mi lesión de rodilla. Sin embargo, estoy contento porque veo que el final de este periodo de estrés está cada vez más cerca.

Precisamente hace un par de días, al atardecer, me asomé a la ventana para relajarme un poco mientras trabajaba y me quedé asombrado al ver el cielo. Glorioso es la única palabra que se me ocurre para describirlo. Me entraron unas ganas locas de salir a dar una vuelta (me tuve que contener, había trabajo que hacer) y de tener una cámara de fotos en mis manos. Tendré que pedirle consejo a mi amigo Pablo

Y precisamente porque me acordé de Pablo le mandé un mensaje al móvil diciendo, más o menos, mira para arriba y saca una foto. No tardé en descubrir que eso es exactamente lo que estaba haciendo en ese mismo momento, y no me extraña. Aquí le fusilo un trozo de foto que da una idea de lo que podía verse desde mi ventana, aunque no refleja toda la profundidad y el contraste de colores del momento concreto en el que me asomé a la ventana, uno de esos momentos que dura apenas un minuto.

Al día siguiente se reveló una de las causas de un atardecer tan espectacular: un temporal de fuertes vientos que, aunque breve, causó algunos problemas en varios lugares de mi ciudad. Algunas rachas eran tan potentes que llegaban incluso a alterar levemente la trayectoria de mi coche mientras subía a la universidad.

Por suerte, el temporal pasó pronto y ahora el tiempo está tranquilo. Todavía tengo trabajo que hacer, pero es tarde, me voy a dar una vuelta… mañana será otro día…